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  • Buen leer

    El increíble viaje del faquir que se qeudó atrapado en un armario de IKEA,d e Romain Puértolas

    El último pasajero, del maestro Manel Loureiro

    Tengo una pistola, de Enriqe Rubio

  • La batalla del llano

    Los rayos de un frío sol de invierno despuntaban a lo lejos, en el horizonte. La vasta llanura de Offilänia se iluminaba desde el este, con rastreros destellos entre la hierba helada por la noche. Las sombras se difuminaron lentamente, la luz avanzaba ganando terreno a la noche. La luz rozó por fin los cascos del caballo situado en la parte más oriental. Al poco, la luz alcanzó la cabeza del caballo. Sus pupilas se contrayeron y piafó, expulsando una nube de vaho.

    El aliento del caballo remoloneó en el aire denso de la mañana, retorciéndose en nubes hiladas, dibujando espirales cada vez más amplias, como si en peleasen entre ellas por abarcar fútilmente las impresionantes dimensiones del ejército que se extendía más allá del jinete que lo montaba.

    Miles de caballos llevaban en su grupa a miles de guerreros fuertemente armados. El sol arrancó destellos de las armaduras al alzarse sobre ellos aún formando un ángulo agudo. Más y más destellos refulgieron, cascos lustrados, cotas engrasadas, espadas, lanzas, espingardas, pendones de todos los reinos del mundo conocido pendían lacios en la calma de la mañana. La calma que precede la tempestad.

    Un jinete trotaba al frente del ejército perfectamente alineado, pasando revista a sus efectivos. Su semblante serio, la espalda firme y su mano derecha apoyada sobre la pierna, mientras la izquierda sostenía las bridas, apenas podían ocultar la ansiedad por la pronta batalla. Días enteros sin dormir, reunido con sus generales para discutir la estrategia de la batalla no habían conseguido mermar su fuerte autoridad y su firme decisión. Las vidas de doscientosmil soldados dependían de que sus noches en vela hubiesen producido el resultado correcto. Dejó que sus preocupaciones se esfumasen con una ráfaga fortuita de aire helado. Lo que ahora le correspondía exigía más corazón que cerebro.

    Al fin llegó hasta el caballo que piafó al sol de la mañana e hizo virar su vigoroso corcel, que pateaba la hierba impaciente. El rey se permitió el lujo de tranquilizar a su caballo antes de comenzar con la arenga. Podía oler el miedo de los hombre y mujeres de su ejército. El enemigo era legendario por su crueldad, su fiereza y su anticipación. Nadie que le hubiese atacado antes había salido victorioso. Se oían leyendas, en las repugnantes tabernas de los cruces de caminos que relataban cómo habían caído ejércitos enteros antes siquiera de asestar un mandoble.

    Pero eso no pasaría hoy. No hoy. Nadie podría con doscientosmil guerreros de élite. No eran reclutas inexpertos, ni temerosos caballeros de provincias. Todos, todos y cada uno de ellos habían sido seleccionados personalmente por él mismo.

    Cogío aire, inundando sus pulmones totalmente. Vació su cerebro y abrió su corazón.

    -¡Hoy es el día de la victoria! El enemigo nos ha vencido en incontables ocasiones en el pasado, pero no hoy. ¡Hoy es el día en el que lo aplastaremos como a una hormiga! ¡El día en el que nada podrá detenernos! Hoy no os hablo como vuestro rey, sino como vuestro hermano. Mi sangre regará éste yermo páramo como la vuestra, pues hasta el último hombre, hasta el último de mis hermanos luchará a muerte en este día. ¡El día de la victoria!

    Los corazones incendiados de doscientasmil almas gritaron salvajemente. Algunos caballos ramparon asustados, quizá pensando que era el grito animal que precede al combate.

    -Hoy… venceremos-. Espoleó ligeramente a su montura y la puso al paso. – Nada nos detendrá. Hoy los lanceros del sur, y su legendaria fuerza de choque harán justicia a su fama. Jinetes del oeste, capaces de cabalgar aún dormidos y aún así, decapitar al enemigo. Siempre alerta, siempre dispuestos, fieros como leones. Hoy os bañaréis con la sangre de vuestro enemigo.

    Lanceros y jinetes bramaron e hicieron chocar las armas contra los escudos. El rey siguió avanzando mientras seguía alabando sus fuerzas en la improvisada revista.

    -Cetreros de las montañas septentrionales, conocidos en todo el mundo. Capaces de ver por los ojos de vuestros halcones, vosotros me ayudaréis a dirigir la batalla. Y que el Gran Vigilante guíe vuestras certeras flechas. Asesinos nocturnos, de los bosques oscuros del interior, sigilosos pero mortales. Vuestra religión os niega el uso de las armas, pero eso no os ha impedido ser los más temidos guerreros del mundo conocido. Criados y educados en el sigilo y conocedores de mil formas de matar a un hombre, no dejéis vida a vuestro paso.

    Un ominoso silencio siguió a las palabras del rey, como correspondía a ambas tribus.

    -Berserkers de las tierras heladas de ultramar, de vosotros es legendaria la fuerza y la bravura de vuestro ataque. Hombres y hachas contra máquinas de guerra, y siempre victoriosos. Cada uno de vosotros tiene la fuerza de cuatro hombres, y sois más de tresmil. ¡Que la tierra tiemble a vuestro paso y se hiele el valor del enemigo al oír vuestro bramar!

    Los Berserkers bramaron al unísono y comenzaron a entrechocar sus armas. Cuando dos de ellos perdieron dedos de la mano volvieron a formación.

    -¡Legionarios del Rey! A vosotros os conozco a todos. Sois casi hijos míos. El cuerpo de élite más disciplinado y capaz que ha conocido el mundo. Vuestra disciplina y valor han ganado batallas por doquier. Jamás perdéis la formación, vuestra técnica y valor no tienen parangón. ¡El enemigo es débil contra mis cienmil legionarios!

    Una voz unánime pronunció el nombre del rey con cienmil gargantas. El rey sonrió.

    -Bárbaros mercenarios del desierto, hombres tigre de la lejana Selva Fantasma; amazonas del infierno, protectoras de la diosa Vashnesú, gigantes de las Costas de la Muerte; guerreros ciegos de las Cavernas del Dios Oso; ¡Todos sois mis hermanos! ¡Hoy, mis hermanos y yo vertermos la sangre del maligno! ¡La sangre fétida y envenenada del enemigo será derramada hoy en este llano!

    La llamarada encendida del grito nacido en el alma misma de todo un ejército se extendió como un relámpago por toda la llanura, llenando cada agujero en el suelo, agitando casi las briznas de hierba.

    -A mi señal, ¡arrasad toda vida!

    Desenvainó su espada y apuntó al frente. Al punto, el ejército se catapultó hacia adelante, rodeándole con el fragor de los caballos, los pendones salvajemente arrastrados, las armas silbado en el aire, relinchos, aullidos. Todos al ataque, sin reservas, sin retirada pactada.

    Diez minutos después, a galope tendido y desbocado, el enemigo aún no aparecía.

    ¡Trimpititrin! ¡Trimpititrin!

    -Sistemas…
    -¡Wardog! ¿Vienes o qué?
    -Vooooy, enseguida voooy.

    A lo lejos se ve una sombra agazapada. El infame mago ha sido pillado de improviso. Los cetreros envían a sus halcones a escudriñar e informan al rey de que han pillado al maho cagando. El mago se incorpora y se limpia el culo con fino lienzo, que arroja aun agujero en el suelo, lanzando un conjuro de agua que se lo lleva.

    -¿Qué pasa? ¿A qué tanto jaleo?
    -¡Reunión de crisis, Wardog!
    -¿Crisis? ¿Qué habéis roto? ¿Por qué están todos los de la oficina en la sala de juntas?

    El mago se prepara para afrontar el ataque. El misterio de un hombre sólo, por muy poderosa que sea su magia, sobrecoge el corazón de algunos guerreros, pero nada hace aminorar la velocidad de su carga. El mago se concentra y lanza un conjuro de precognición. El hechizo le adelanta el futuro y en su cara se dibuja una expresión de comprensión. Desaparece en una nube de humo.

    -No me jodas… Acabáramos… Esperad un momento.

    De todos es sabido que la desaparición de un mago es sólo temporal. Al minuto reapareció igual que desapareció, pero portaba un ajado volumen manuscrito, con caligrafía tan perfecta que ningún escriba con la más fina pluma hubiese podido igualar.

    -A ver, panda de borregos. Cuál es el problema.
    -¡Los contadores! ¡No podemos hacer nada porque no podemos usar los contadores!
    -¡Facturas! ¡Las facturas! ¡Hay que reiniciar el contador! ¡Es imposible trabajar!
    -¡Ylosalbaranes! ¡Losalbaranestambien!
    -Joder… tooodos los años lo mismo.

    El mago esquivó los primeros ataques y acto seguido abrió el libro y lo lanzó contra el ejército, que rodó por el suelo, con gran estruendo, rey incluído ante tan horrenda visión. Incluso los guerreros ciegos se sobrecogieron ante el libro y enterraron su cabeza en el suelo con un chillido.

    -Mirad el puto manual, página trece. Procesos de nuevo año, reiniciar contadores. ¡Son dos putos clicks de ratón!
    -Pero…
    -Ni peros ni hostias. Joder, $Boss, ¿hace falta montar este circo cada vez que empezamos un año?

    Tiene cojones la cosa. Todos los años, todos, cincuenta personas reunidas para reiniciar los putos contadores. Se tiran horas discutiendo hasta que les recuerdo lo que hay que hacer. Claro, que es comprensible. Se hace una vez al año y su memoria retiene tan sólo siete minutos.

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