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  • Buen leer

    La niña que se tragó una nube tan grande como la torre Eiffel, de Romain Puértolas

    El increíble viaje del faquir que se qeudó atrapado en un armario de IKEA,d e Romain Puértolas

    El último pasajero, del maestro Manel Loureiro

    Tengo una pistola, de Enriqe Rubio

  • La mano y el ratón.

    Un viernes, al llegar a la oficina y abrir el correo electrónico vi que tenía un mensaje de $Hyperboss con el simbolito de alta prioridad, el asunto en mayúsculas y letras coloreadas en rojo en el cuerpo, mucha negrita y mucho subrayado. Inmediatamente cogí el teléfono.

    -¿$Hyperboss? ¿Puede hablar un par de minutos?
    -Claro, Wardog, dime.
    -Es sobre el email que nos ha mandado. Verá, hace como un año comencé con un dolor sin importancia en una mano. Poca cosa. Una ligera molestia. Como soy un hombre ocupado lo fui dejando hasta que el dolor llegó a ser incapacitante. No podía abrir un yogur. Así que decidí ir al médico. El médico se preocupó porque no era una lesión con un origen claro. Si me hubiese caído por las escaleras podría tener una explicación. Pero como no había hecho nada fuera de lo común me mandó una batería de pruebas bastante extensa dados mis antecedentes médicos.

    »Al poco tiempo empecé a pasar por especialistas que me hicieron de todo: radiografías, ecografías, tomografías, análisis de sangre, pruebas neurológicas… nada parecía dar con el origen del dolor. No había inflamación, los tendones funcionaban correctamente, el cerebro funcionaba bien. Todo lo bien que puede funcionar le cerebro de un informático.

    »En una de las visitas al neurólogo, un hombre veterano, con experiencia y a la sazón muy amable, me explicaba que a veces el dolor simplemente se iba tal como había venido y que físicamente no encontraba qué era lo que me pasaba, pero puesto que todo parecía estar bien, no teníamos de qué preocuparnos. Yo le dije que para mí es muy importante poder mantener la fuerza de la mano por mi trabajo, por mis aficiones a criar niños y mi escaso gusto por el dolor. Le comenté medio en broma que mi profesor de redes nos decía siempre que si el servidor no tiene la culpa y el cliente también está bien configurado, que siguiéramos el cable.

    »Así fue como mi neurólogo se dio una palmada en la frente y me mandó a una unidad del dolor para ver si los nervios del brazo funcionan como deben. ¿Ha estado alguna vez en una? Es muy divertido. A mi me tocó una prueba que consiste en clavar agujas en el músculo para buscar el nervio y pegar calambrazos para ver qué tal funciona el asunto. Ver cómo tu brazo se mueve sin que tú se lo mandes es una experiencia altamente recomendable. Por supuesto, tras una hora recibiendo descargas y firmando consentimientos, con un médico poco comunicativo que no hacía más que repetir mediciones y torcer el gesto, salí de allí con el mismo diagnóstico: todo estaba normal.

    »Me tomé un café en el hospital porque yo no le tengo miedo a nada y me fui a mi casa. Por supuesto, sostener el volante mientras cambiaba de marcha me suponía el habitual pinchazo desde la parte externa de la mano hasta casi el codo. El dolor es un compañero molesto al que casi te acabas acostumbrando. Al día siguiente, después de ducharme me di cuenta al secarme con la toalla de que no me dolía la mano. Nada en absoluto. Me vestí y bajé a la cocina. Corté pan con la mano, sujeté el queso, el jamón, puse aceite de la garrafa en la botellita para hacerme la tostada y nada. Ni rastro del dolor.

    »Fui entonces a la despensa y cogí dos nueces. Las estrujé con la mano casi sin darme cuenta. Ni rastro del dolor. Volví a mi médico de cabecera y me retorció la mano de mil maneras distintas. No había dolor. La fuerza había vuelto y todo estaba normal. Un total de 7 especialistas con sus asistentes y yo invertimos semanas buscando qué le estaba pasando a mi mano. Por supuesto hubo preocupación y muchas molestias por el camino. Tuve que hacer varios cientos de kilómetros, madrugar, ayunar, tomar brebajes asquerosos y recibir una buena dosis de pinchazos, además de, seguramente, unos cuantos miles de la sanidad pública. Al final, como dijo el neurólogo, tal como vino, se fue.

    »Mi teoría es que uno de los calambazos-hostia de la unidad del dolor deshizo lo que estaba jodido y ahí terminó todo. Ya sabe, soy informático, seguro que tengo algún componente electrónico donde debería haber un cacho de chicha o algo. No sé, yo de anatomía sé bastante poco, la verdad. Lo importante es que ya no me duele, no hay ni rastro de aquella molestia.

    »La familia me instó a que continuase las pruebas en la sanidad privada, pero yo soy de la opinión de que buscar un problema que no existe no tiene sentido, ¿verdad?

    -Supongo que sí, pero, ¿por qué me cuentas todo esto?
    -Por analogía.
    -¿Analogía de qué?
    -Permítame que le robe un minuto más. Verá. Después de aquel incidente, una noche, sentado al ordenador de casa, escribiendo tranquilamente mis chorradas por el rabillo del ojo vi una sombra pequeña escabullirse por la puerta. Miré inmediatamente y no vi nada. Al cabo de un rato volví a ver la sombra en dirección contraria. Por supuesto, cuando miré no había nada.

    »Puesto que suelo acostarme tarde, nadie más en la casa vio nada parecido. Mi hermana tiene un fallo en el ojo, dice que es como si viese hormigas, o bichos, o telarañas constantemente. Enseguida pensé en que aquello podía ser genético y que me estuviese pasando a mi también. Recordé en ese momento que debido a mi afición a criar niños había sufrido en el pasado un par de lesiones en la córnea. Pero esa es otra historia. Cogí entonces un papel blanco y lo miré durante un buen rato. No veía nada raro. Ni moscas, ni hostias en vinagre. Todo bien. Me fui a costar acusando mis visiones al cansancio y a demasiado ordenador. La noche siguiente continué viendo sombras.

    -¿$Hyperboss? ¿Sigue ahí?
    -Sí, sí, termina, anda.
    -Claro, perdone. No soy dado a creer en fantasmas, así que dejé el ordenador en el brazo del sillón y me quedé mirando fijamente la puerta. Sin hacer nada más. Estaba dispuesto a quedarme mirando fijamente la puerta hasta que la sombra pasase de nuevo. Así estuve por más de media hora. Entonces la vi: era un ratón. Un pequeño ratón gris estaba merodeando por mi casa. El animal no se dio cuenta de que le estaba mirando inmediatamente. No moví un músculo, pero entonces mi vio y salió corriendo. No pude ver hacia dónde iba.

    »Las noche siguientes las pasé cerrando puertas una por una hasta que quedó clara cuál era la ruta del ratón. Iba de la cocina al trastero. Busqué en el trastero el nido y lo encontré detrás de un armario. El ratón no estaba, por supuesto. Puse trampas con comida y no las hizo ni caso. En el nido tampoco había restos de comida de la casa. Había tenido ratones antes en casa, vivo en el campo, ya sabe, no puedes dejar una puerta abierta.

    »Una noche se me ocurrió dejar a los perros en el patio para que no corrieran tras el ratoncete. Puse un puñado de semillas en la puerta del salón y me senté a esperar. El ratón apareció al cabo de un rato y se quedó en medio de la puerta doble del salón. Cogió un grano de maíz con sus manitas y se me quedó mirando, sentado, sujetando su botín contra el pecho. ¿Ha leído “La milla verde”? Mierda, se me encogió el estómago y maldije no tener un carrete de hilo a mano. Le juro que ese ratón me estaba mirando a los ojos con total tranquilidad. Luego se metió el maíz en la boca y desapareció corriendo.

    »Soy incapaz de matar un animal más grande que una cucaracha simplemente porque me molesten. A mi amigo el ratón no le iba a matar, pero no resulta demasiado higiénico tener un bicho de estos en casa. Como tampoco tenía claro si mi amigo el ratón tenía tetas, no quería arriesgarme a tener muchos amigos reunidos en la puerta de mi salón para comer maíz.

    »Al día siguiente le preparé una putada al animalito. Compré ese pegamento que venden para atraparlos y coloqué dos tiras de cartón impregnadas en los lugares de paso. Mi confiado huésped no tardó en quedarse enganchado. Sólo una pata y un costado, Rápidamente corté el cartón y metí al bicho en un tupperware. Lo lavé con aceite y cuando se soltó, salí a la calle, caminé un buen trecho y lo solté.

    »¿Pero sabe qué? La noche siguiente un ratón apareció en la puerta de mi salón y se sentó sobre sus patas traseras. Estaba despeinado y me miraba con sus dos ojillos redondos. Yo no pude descifrar su expresión, si es que un ratón puede expresar algo con la mirada. Me imaginé que me recriminaba la putada de pringarle con aceite de girasol, o que me daba las gracias por no matarle, o que se estaba disculpando por las molestias pero que prefería dormir en mi trastero a buscar una madriguera ahí fuera.

    »Fuese lo que fuese, aquel canalla seguía ahí. ¿Sabe lo que eso significaba?

    -¿Qué?
    -Pues que no se había colado por una puerta o una ventana abierta. Tenía un paso abierto y el animal se colaba cada vez que le apetecía. Revisé las rejillas de ventilación de la cocina, los tubos de la campana extractora, desmonté media cocina hasta que vi que la tubería de desagüe tenía un agujero en la parte de arriba de un codo. Por ahí se estaba colando. Llamé a un fontanero para que cambiase la tubería en cuestión. El tío vino, se metió debajo del fregadero y reemplazó el tubo roto. Abrió el grifo y se tiró en plancha al suelo pegando la oreja a las baldosas. Acto seguido profirió el sonido más temido de un humano cuando llama a un fontanero: chasqueó la lengua. Me dijo que el ratón también había mordido por abajo y el agua del desagüe de la cocina se estaba vertiendo en la cámara de aireación que hay debajo de la casa. Fue a la furgoneta y volvió con una maleta en la mano. Sacó una cámara unida a un tubo largo de cojones y la metió por el desagüe. Al poco se veía en la pantalla encastrada en la tapa de la maleta un agujero en una curva de la tubería de desagüe. Por ahí se colaba el enano. Mi amigo el fontanero salió a por los trastos de romper cosas y abrió un boquete en la cocina hasta poder descubrir la tubería rota. La reemplazó y, una vez más abrió el grifo.

    »Y se tiró de nuevo al suelo. Y otra vez chasqueó la lengua. Que el agua no corría, decía el fontanero apache. Efectivamente, poco después el fregadero dejó de tragar. Volvió a meter la cámara por el desagüe y a unos seis metros chocó con un atranco de aúpa. Se fue con la furgoneta y volvió con un compresor y una manguera de alta presión. Dos horas y trescientos euros más I.V.A. después el fontanero más eficiente que he conocido se fue de mi casa dejando el desagüe de la cocina tragando de tal manera que se te mueve el pelo cuando viertes el agua de fregar. Tiene presión negativa. Corrí a la ferretería y compré rejillas para tapar cualquier abertura de ventilación alrededor de toda la casa.

    »El ratón nunca más apareció por casa. Le estuve esperando muchas noches, pero nunca más se supo de él.

    -¿Has terminado?
    -Sí.
    -¿Y por qué me cuentas todo eso?
    -¿Ha mandado usted un email a soporte pidiendo explicaciones urgentes de por qué ayer quiso imprimir en su impresora personal y no pudo y hoy sí?
    -Sí.
    -¿En el email exige garantía pueda imprimir siempre a la primera, que removamos Roma con Santiago si hace falta para que eso no pase cuando nosotros no estemos?
    -Claro.
    -Pues verá, he encontrado en uno de los servidores de ficheros unas cuantas fotografías corruptas a las que nadie ha accedido en mucho tiempo y en la copia de seguridad están bien. Puede no ser nada, o puede que sea el preludio de un colapso.
    -No me irás a contar otra historieta, ¿verdad?
    -No, en absoluto, pero ¿prefiere que averigüe por qué ya no le duele la mano o que dedique ese tiempo a ver si nos hace falta resolver un problema en las cañerías?
    -La madre que te parió. Haz lo que tengas que hacer.

    Y me colgó. Me recliné en la silla.

    -¿De qué imágenes hablas, Wardog? No me habías dicho nada de ficheros corruptos.- me pregunta MKII que había estado escuchando atentamente mi conversación con $Hyperboss.
    -De ninguna. Es viernes, hoy no me apetece nada. ¿Café?- MKII suelta una carcajada.
    -Yo invito. Pero habrá que mirar la impresora esa en algún momento.
    -Tranquilo, mando a Daisy. Esa impresora no verá otro día.
    -Café y copa, Wardog. Café y copa.

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